Síntesis histórica

A pesar de la falta de referencias documentales existentes y el gran desconocimiento del registro arqueológico de este sector de la ciudad, la historiografía actual considera muy verosímil la existencia en el siglo V de una iglesia cerca de la puerta occidental de la ciudad romana. Esta iglesia estaría en correspondencia con los otros puntos cultuales conocidos a oriente de la muralla y que han sido más estudiados arqueológicamente. Algunas referencias insistentemente conservadas desde muy antiguo por la tradición, hablan de una consagración en el año 413 (o 415) al entorno, posiblemente, de una construcción funeraria o martirial situada sobre una zona de enterramientos romanos que se remonta al siglo I dC, y que seguía una de las vías secundarias, a extramuros de la ciudad, de la que se han encontrado vestigios arqueológicos en la Plaza de la Villa de Madrid. Corrobora esta tradición no documentada el reciente descubrimiento en los cimientos de la iglesia gótica, de un pedestal conmemorativo con epigrafía de época romana, reutilizado en el siglo V como ara cristiana. Este material descubierto debería añadirse a otras dos aras, hoy desaparecidas, que fueron documentadas en el siglo XIX.

Así pues, debemos situar la iglesia del Pi como el centro neurálgico más verosímil en torno al cual se desarrolla uno de los suburbia de la Barcino romana, que posteriormente será conocido como la Vila Nova del Pi. Estos nuevos núcleos de población, alrededor de las antiguas murallas de la ciudad, responden a un aumento progresivo de la población que ya se venía dando desde el siglo V dC y que culminará con la construcción de la muralla medieval de Jaime I ocho siglos más tarde.

A falta de una campaña de excavaciones arqueológicas extensivas que nos aporten datos materiales sobre los antecedentes del edificio actual, hay que basarse en las fuentes documentales y algunos vestigios constructivos para poder esbozar una descripción aproximada. La primera referencia fiable sobre Santa Maria del Pi corresponde al año 987. A partir de este y de otros testamentos sacramentales, sabemos que la iglesia tenía, como mínimo, tres altares, que debían estar dispuestos en batería al transepto, como es habitual en las iglesias románicas: uno central, dedicado a la Virgen y dos laterales dedicados a San Clemente y San Pancracio. Además, consta la existencia de un beneficio dedicado a San Juan anterior a 1248. Por otra parte, podemos constatar un portal románico a partir de una serie de elementos escultóricos, como capiteles, impostas de ornamentación vegetal o figurada, de una calidad notable, que se integraron en los portales góticos y que se pueden fechar hacia mediados del siglo XII.

La Corona de Aragón entra, entre los siglos XIII y XIV, en plena expansión territorial y económica en todo el Mediterráneo. La sociedad barcelonesa, y especialmente su burguesía, experimenta un momento de gran bonanza gracias, en buena parte, a la intensa actividad comercial de su puerto. Esta pujanza es uno de los factores que explica que durante estos años la mayoría de las familias acomodadas de la ciudad empiecen a construir o remodelar sus palacios. Es entonces cuando las principales iglesias de la ciudad emprenden un proceso de renovación, motivado tanto por una voluntad de agrandar y embellecer los templos, que se habían quedado pequeños para acoger a la población creciente de sus barrios, como por la necesidad de tener más capillas donde estas clases acomodadas querían establecer sus beneficios y capellanías particulares. En este proceso constructivo, destacan por encima de las otras, las cuatro grandes iglesias góticas de Barcelona, encabezadas por la Catedral, iniciada en 1298, y seguidas por las parroquias de Santa Maria del Pi (ca. 1320), Santa Maria del Mar (1329) y San Justo y San Pastor (1342). Cabe destacar aquí el empuje constructiva que propició el obispo Ponç de Gualba, ya que es durante su pontificado cuando se acometen todas estas tareas de gran envergadura.

El inicio de las obras del Pi siempre ha estado rodeado de incertidumbre, de hecho los mismos obreros, en 1508, hacen constar en el Libro Negro que nadie se acordó de apuntar la fecha:

“Sien recordants los Obrers sobrevenidors de posar assi desota sis trobara, los dia e any, que fonch edificada la sglesia parroquial de la gloriosa Verge Maria del Pi, com fins assi no sen hage pogut haver vestigi ningu”.

No obstante, es verosímil creer que el nuevo templo se inició a partir de la llegada de Jaume Fabre como maestro de obras de la Catedral en 1317, que posiblemente fue el primer maestro de obras del Pi. Sabemos, además, que en 1321 ya se funda un beneficio en el nuevo altar de San Clemente. Así pues debemos establecer el inicio de las obras entre los años 1318 y 1320.

Es muy probable que la nueva construcción gótica se hiciera sustituyendo la anterior, reaprovechando parte de los materiales. En 1322, tanto el rey Jaime II como el obispo Ponç de Gualba instan a los feligreses a pagar la aportación que habían convenido para las obras del nuevo edificio. Hacia el año 1340 la iglesia ya estaba construida hasta la mitad, pero las obras experimentan un paro importante a partir de 1348, por causa de la gran peste que asoló buena parte de Europa. La construcción se alarga durante todo el siglo XIV hasta que la última piedra se colocada en 1391. La losa conmemorativa que hay en la parte interior del portal del Avemaría indica que la iglesia fue consagrada el 17 de junio de 1453 por el obispo fray Llorens de Terranova.

A lo largo del siglo XV se terminaron de construir los diferentes espacios en el entorno de la iglesia: el campanario, la sacristía, la capilla del Capítulo y la rectoría. Las capillas acogieron gremios y cofradías que las decoraron con bellos retablos. También se construye el coro de la Reverenda Comunidad así como los espacios donde se ubicarán los primeros archivos de la parroquia. La figura del rector del Pi, irá a menudo ligada a algún alto cargo en la corte. Es el caso de grandes personalidades de la época como Alfonso de Tous (que compra el Palau de la Generalitat) o el maestro Felip de Malla.

El Pi entra en su momento de mayor plenitud con el inicio del siglo XVI y la entrada del Renacimiento en Cataluña. Se intuye en su entorno, la formación de una élite humanista de grandes personalidades fuertemente vinculada a Italia. Son indicios la donación por parte del rector Gabriel Miró del relicario del Lignum Crucis 1498 (la primera obra de orfebrería renacentista en Cataluña), la constitución de la segunda biblioteca pública de Barcelona, por voluntad testamentaria del sacristán del Pi, Pere Joan Matoses en 1508 y la factura del nuevo Retablo Mayor entre 1508 y 1525, pintado por Juan de Borgoña y Pedro Núñez, dos de los mejores pintores del Renacimiento hispánico. Paralelamente se dan dos sucesos de gran importancia en la parroquia durante este siglo: la llegada de la reliquia de la Santa Espina hacia 1542, lo que motivará la construcción de la cripta y el portal del ábside de la iglesia, y la institución de la Real e Ilustre Archicofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en la capilla del Capítulo en 1547, que desde entonces y hasta ahora se conocerá como capilla de la Sangre. Otro hecho destacado es la unión en 1561, del Pi con la parroquia de Sant Esteve de Castellar -actualmente Castellar del Vallès -que había sido feudataria del monasterio de Sant Llorenç del Munt y que pasó entonces a serlo de Santa Maria del Pi.

Durante el siglo XVII en cambio, hay una pérdida de ascendiente político y cultural, en parte motivada por el traslado de la corte a Madrid. Es la época en que la mayoría de conventos de la devotio moderna establecen a lo largo de la Rambla, dentro de la demarcación pastoral del Pi, lo que motiva multitud de pleitos e incluso algún enfrentamiento abierto. La cofradía de la Sangre encarga la construcción de un suntuoso retablo y la decoración de toda la capilla, hacia 1670, al escultor Juan Gra. El 1687 entra como beneficiado a la Reverenda Comunidad José Oriol i Bogunyà, una de las personalidades más queridas en la historia de la parroquia y de la Ciudad. Formará parte de la Comunidad hasta su muerte en 1702. Esta muerte coincide con un nuevo siglo y el inicio de uno de los peores episodios bélicos de la ciudad: la Guerra de Sucesión y los varios sitios que sufrió Barcelona hasta su capitulación el once de septiembre de 1714.

El Pi tuvo su papel en estos hechos, contribuyendo de diversas maneras a la defensa de la ciudad, haciendo una importante labor social y humanitaria o enardeciendo el espíritu del pueblo en armas con el toque de sus campanas. El bombardeo terrorista, lanzado por el duque de Pópuli, dejó heridas importantes; una serie de bombas caen sobre la bóveda del presbiterio la noche del 9 de junio de 1714, provocando su hundimiento y destruyendo el Retablo Mayor y todos los ornamentos que había. Como hecho milagroso la Virgen y las otras imágenes se salvaron. También hubo daños en alguna capilla lateral así como en la gran mayoría de los vitrales de la nave, que se rompieron durante el sitio o con la explosión del polvorín de las huertas de San Pablo, tres años más tarde. A finales de la guerra, el Pi se encuentra sin recursos: las arcas vacías, las rentas y las campanas secuestradas y el templo arruinado. La recuperación será lenta y pesada.

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1714 Santa Maria del Pi, una comunitat assetjada

Durante todo el resto de la centuria la reforma más notable será la proyección del nuevo Altar Mayor, diseñado por Pere Costa en 1730 y reformado por Josep Mas Dordal en 1771, que conllevará el traslado del corazón del centro de la nave al presbiterio y el cierre de la escalera de la cripta por delante. Sin embargo también se emprenden otras obras, especialmente la construcción del edificio del archivo en 1764, unificando así los diversos fondos documentales de la parroquia que estaban, hasta entonces, diseminados. En la segunda mitad del siglo XVIII será bautizada y casada en la parroquia Joaquina de Vedruna, futura fundadora de las Hermanas Carmelitas de la Caridad.

Vuelve a haber signos de plena recuperación en los años finales del siglo y el inicio del siguiente: la factura del nuevo retablo del gremio de los Revendedores 1798, el encargo de la nueva cama de la Virgen 1800 y el popular paso del Àngel Tort, construido en 1822 son elementos que denotan esta recuperación, a caballo de la tímida introducción en Barcelona de las ideas neoclásicas. Pero el hecho más significativo, sin duda, fue la serie de actos y realizaciones artísticas que se llevaron a cabo con motivo de las fiestas de beatificación del Dr. José Oriol en 1806, alrededor de las cuales, el Pi hizo una gran campaña de embellecimiento del templo, encalando y pintando las paredes de la nave y construyendo un coro elevado para albergar el nuevo órgano. Precisamente este órgano, construido por Franz Otter y Johan Kyburz, significaría la introducción de la organería moderna europea en Cataluña.

A pesar del bache de la Guerra del Francés y la desintegración de su demarcación pastoral con la reconversión de algunos conventos en parroquias, el Pi se sigue manteniendo como una iglesia de referencia en Barcelona. En 1863 se emplean en una restauración general del templo, de acuerdo con los gustos de la época. Al frente de la dirección de las obras está Francesc de Paula Villar, que decide sustituir prácticamente todos los elementos de época moderna por otros de estilo neogótico, limpia las paredes y vuelve a abrir la cripta frontalmente.

Hará falta un siglo más para que el papa Pío X canonice en Roma a Josep Oriol, en 1909, en buena parte gracias al empuje del Cardenal Casañas, rector del Pi y gran devoto del santo. La noticia se celebrará en la ciudad con actos litúrgicos y festivos, prácticamente encadenando con la quema de iglesias de la Semana Trágica, de la que el Pi se salvó. En 1925, la parroquia recibe el título de basílica menor. Será la última gran celebración antes del estallido de la Guerra Civil Española, un hecho que dejó una profunda herida en todo el país y que en la iglesia marcó un antes y un después.

El 20 de junio de 1936, grupos de incontrolados anticlericales entraron en varias iglesias de Barcelona con la intención de incendiarlas. Una de ellas fue Santa Maria del Pi. Nunca, en toda su historia, el Pi había sufrido una destrucción tan devastadora y una pérdida de patrimonio tan grande como la que tuvo lugar ese día funesto: el fuego consumió totalmente el Altar Mayor y la sillería, los portales y algunas capillas laterales así como el Órgano Mayor del coro elevado. El rosetón y los vitrales del presbiterio estallaron por el calor y el edificio sufrió muchos daños estructurales, especialmente en la cubierta y las claves de bóveda. La sacristía y la rectoría también fueron incendiadas y saqueadas. La capilla de la Sangre quemó tan rabiosamente que el techo se derrumbó, poniendo en peligro el importantísimo archivo que se encontraba encima. Afortunadamente se pudo salvar en su mayor parte, gracias a la acción heroica de unos funcionarios de la Generalitat, entre los que había Jordi Rubió i Balaguer.

Al terminar la guerra, la iglesia se encuentra en un estado realmente precario. Será necesario un gran esfuerzo por parte de la comunidad y de sus rectores para restaurarla, poner en marcha la vida parroquial de nuevo y, poco a poco, recuperar la dignidad de este templo, que en definitiva, es un tesoro de la ciudad de Barcelona y de todos aquellos que aman la fe, el arte y la cultura.

La inauguración del Museo y Tesoro de la basílica, en 2011, pretende poner de relieve todos estos valores, herederos de los más de 1000 años de historia de Santa Maria del Pi, e invita a descubrir la iglesia tanto a sus vecinos como a quienes de fuera, vienen a visitarla. Con él se abre una nueva etapa en la vida de esta parroquia, que mira al futuro con esperanza e ilusión.